Cartas al Inter - Javier Zanetti

CARTAS AL INTER - JAVIER ZANETTI

La carta del vicepresidente a los seguidores nerazzurri de todo el mundo

El cuarto árbitro ya había señalado los tres minutos de adición cuando Julio agarró el balón. Sabía que lo habíamos logrado. Me puse a llorar. La montaña rusa de emociones, las dificultades, los recuerdos y el sufrimiento, todo había llegado a su fin. Me di la vuelta y le dije a Walter: "Hemos ganado, es nuestro".

Walter dijo: "Todavía quedan tres minutos, juega el partido".

 

El tiempo. Aprendí a medirlo, a sentirlo dentro de mí. Tres minutos. ¿Tres minutos o 5.382 días? Desde el Inter vs. Vicenza en el Bernabéu en el '95. El silbato final hizo que el tiempo se estirara, se comprimiera y luego explotara. En mi corazón y en el corazón de millones de fans del Inter.

¿Valen menos tus esfuerzos si pierdes? No.

 

¿Trabajé menos en los entrenamientos, con menos intensidad, si las victorias no llegaban? No.

 

¿Alguna vez me faltó poner todo mi esfuerzo o energía? ¿Alguna vez me he rendido?  No.

 

La noche del derby en Champions League contra AC Milán llegué a casa con Paula, angustiada. Habían sido dos semanas de una tensión increíble. En Appiano Gentile, en Milán, entre la gente en las calles, con amigos, en todas partes: lo único que tenía en mente eran esos dos partidos. Dos empates, eliminación. Lo habíamos dejado todo en el campo. Todo. Ya habíamos tenido grandes decepciones, pero el sentimiento de arrepentimiento esa noche era profundo y doloroso.

Pero siempre he sido una persona positiva, el tipo de capitán que trata de transmitir un mensaje claro a todos sus compañeros: el trabajo duro vale la pena. Y es en los momentos difíciles cuando tienes que intentar de nuevo. No nos damos por vencidos. Entrenamiento tras entrenamiento, sprint tras sprint: perseverar, caer y mejorar. Dar todo de ti, siempre. ¿Es difícil recordar eso en esos momentos? No, siempre lo he creído. Con firmeza.

¿Conoces la frase: ganar te ayuda a ganar de nuevo? Cuando Iván Córdoba levantó la Coppa Italia en 2005, fue como un trofeo de Champions League para nosotros. Algo importante comenzó allí, una conciencia: estábamos en el camino correcto, uno que podría durar algún tiempo: por temporadas, años. Llega el día en que dices: bueno, ahora no quiero perder más. Y de hecho fuimos a Turín y ganamos la Supercopa de Italia, en un partido que parecía que no iba a terminar nunca.

El tiempo de adición siempre parece ir más lento cuando estás ganando, mientras que vuela como el viento cuando necesitas una remontada. Pero si sigues creyendo hasta el final, incluso el más pequeño de los instantes es suficiente. Contra la Sampdoria logramos dar la vuelta en menos de seis minutos. Gol, balón al centro. Gol, balón al centro. Gol. Nada es imposible.

Y entonces sucede que el tiempo se detiene. El 16 de mayo quedaban cuatro minutos por jugarse en el partido en Siena, y el tiro cruzado de Alejandro Rosi tardó menos de dos segundos en salir de su guayo y pasar por el segundo palo, rozándolo en el camino. Lo calculé: un segundo y ocho milisegundos. Julio César no se movió, estábamos todos congelados. Me giré hacia Maicon y lo vi quieto. Puso sus manos en su cara, mi corazón comenzó a latir de nuevo. El balón salió.

 

Esa fue una final también, como todos los partidos del último mes de esa temporada. Incluso para llegar allí, teníamos que pasar... Kiev. Todavía puedo oír las palabras de José en el vestuario en el entretiempo: "Estamos fuera de la Champions League". Lo arriesgamos todo. Chivu sale, Balotelli entra. Cambiasso sale, Thiago Motta entra. Y luego Samuel sale, Muntari entra. Terminamos el partido con sólo dos jugadores en defensa: Lucio y yo. Pero era una señal: éramos un equipo dispuesto a arriesgar, a darlo todo hasta el final. En un momento estábamos fuera, y al siguiente Mourinho corría hacia el campo para abrazar a Julio.

Sin embargo, yo corría para abrazar a mis compañeros en el banquillo después de los goles. Siempre pensé que los que menos juegan son los más importantes del grupo, siempre dispuestos a ayudarte en tus momentos de necesidad.

Cuanto más se acercaba mayo de 2010, más nos sentíamos como pilotos de Fórmula 1: no podíamos equivocarnos ni en una sola curva. Siempre estábamos jugando, el entrenamiento era una oportunidad para mantener nuestra atención en alto. Siempre pude dormir las noches antes de los partidos; otros, como Cambiasso, tenían muchas más dificultades para dormir.

Tengo tantos recuerdos de ese partido en Madrid que se me ilumina la cara, un poco como cuando levanté el trofeo. Cuando salimos a calentar y vi a los hinchas del Inter, casi no podía creerlo: no había un asiento vacío. Me dije: están aquí por nosotros, no podemos defraudarlos. Me mostraron fotos de Milán en la entrevista posterior al partido. La Piazza del Duomo estaba llena, la gente llenaba las calles y se volvían locos de alegría. Me conmovió, porque me di cuenta de que mi felicidad, y la felicidad de todos mis compañeros, era segunda a la alegría de nuestra gente nerazzurra.

¿Has visto alguna vez un estadio abierto y lleno de gente al amanecer? Creo que San Siro fue el ejemplo más extraordinario de la historia. Aterrizamos en Milán y fuimos a llevar el trofeo directamente al Meazza. Los aficionados nos esperaron hasta las seis de la mañana. Todavía me dan escalofríos, nunca se irán. Era pura alegría: nada tangible, sólo un auténtico abrazo. Solo poder decir: sí, por fin es nuestro. Volver a casa fue un esfuerzo en sí mismo, con la multitud escoltando nuestros carros.

 

Siempre he admirado la resistencia de los aficionados nerazzurri, su habilidad para estar cerca de ti como jugador. La empatía, desde que llegué, fue simplemente natural. Los hinchas del Inter son especiales: siempre están ahí, apoyándote, con un sentimiento tan profundo que está fuera de lo común. Por eso, cuando me lesioné el tendón de aquiles en Palermo, mientras me llevaban de vuelta al vestuario, pensé: me operaré dentro de unos días, luego empezaré mi rehabilitación y dentro de unos meses estaré de vuelta en el campo. Me lo debo a mí mismo y a los nerazzurri, tenemos que despedirnos como se debe.

Tenía 39 años. Mucha gente pensó que mi carrera había llegado a su fin ese día. Nunca había sufrido una lesión tan grave, pero no tenía miedo, no hice ningún drama. Volví a trabajar, paso a paso, hasta el Inter vs. Livorno, mi regreso a la cancha menos de 200 días después de la lesión. El grito que me acogió ese día hizo que todos mis esfuerzos valieran la pena. Una vez de vuelta en el vestuario dije: esta será mi última temporada.

 

El tiempo y el amor han formado los ejes y las coordenadas que trazan la trayectoria de mi vida. Me casé con Paula, a quien conocí cuando jugaba en el equipo de baloncesto de mi barrio cuando éramos niños. Desde antes me encantaba el fútbol, desde que corría detrás del balón en esos campos de arcilla en Argentina, gritando el comentario de mis sueños: la Selección Nacional, la Serie A. Era un sueño, pero también quería devolver los sacrificios que mis padres habían hecho por mí. He logrado hacer realidad esa lección de mi familia en la Fundación Pupi con Paula: un intento de dar un futuro mejor a muchos niños.

Tengo tres hijos: Sol, Ignacio y Tomás. Algunos de estos días pasamos las tardes juntos en el sofá, viendo partidos del 2010. Estábamos viendo nuestra victoria 2-0 en el Derby hace unos días, y le dije a Tomy, que nunca me vio jugar: "Mira lo que hace Milito ahora", o "mira este tiro libre de Pandev". Y luego todos nos abrazamos. Tiene ocho años, está estudiando nuestra historia.

Eso es importante, fundamental. Lo llevo conmigo todos los días en cualquier cosa que haga. Llegué en 1995 con mis botas de fútbol en una bolsa de plástico, y ahora soy vicepresidente de este club. Es un camino extraordinario, pero uno trae consigo una gran responsabilidad. He estudiado, he puesto mi corazón, he usado mi experiencia y conocimiento para manejar todo lo que pasa por encima de mi escritorio. Es más complicado que cuando tenía que correr detrás de la pelota, y es algo muy grande: todavía tengo la oportunidad de trabajar en la construcción del futuro de este Club.

Intento hacerlo pensando en lo más valioso: los hinchas nerazzurri, nuestra historia, la camiseta de nerazzurra, el sufrimiento y la alegría que hemos experimentado. Estoy enfocado en el futuro, quiero que sea hermoso para nosotros los fanáticos del Inter.

 

Sigamos construyendo, juntos.

 

Javier Zanetti


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